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LA NUEVA ERA DE LA TRANSPARENCIA – abril 2004

El acuerdo de adoptar las Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF) a partir de 2005 para cuentas consolidadas en Europa es una de las decisiones más importantes jamás tomada en materia contable.

En este momento son muchas las circunstancias que aconsejan este profundo cambio en el ámbito de la contabilidad de las empresas. Por una parte, la información económico-financiera constituye, sin lugar a dudas, un bien público. Sus usuarios trascienden a los propietarios, e incluyen a empleados, clientes, proveedores, instituciones financieras, analistas y otros agentes sociales. Por otra, en una economía globalizada, con un imparable desarrollo e internacionalización de los mercados, parece absurdo que la información contable no sea ni comparable ni comprensible para todos (se dice que la contabilidad es en teoría el lenguaje de los negocios, pero que en la práctica existen muchos dialectos). Por otro lado, los recientes escándalos financieros han ocasionado que las empresas, sus dirigentes, la propia información económico-financiera y los auditores que deben garantizarla, estén siendo cuestionados, y la adopción de las normas contables internacionales, representa una clara oportunidad en la ayuda para restablecer la confianza de los ciudadanos. Por último, y con respecto a Europa, el disponer de una moneda única y apostar por un mercado de capitales europeo, hacen imprescindible la adopción de normas contables comunes.

Además de Europa, son muchos los países que también han tomado esta trascendental medida: Japón, Australia, India y muchos otros de economías emergentes. Además, los dos organismos con mayor peso en el ámbito contable: el IASB internacional y el FASB americano están acercando aceleradamente sus posiciones.

Sin embargo, el trayecto va a ser largo y duro, y no precisamente un camino de rosas. La adopción de las NIIF no es un proceso más o menos mecánico. Realmente, representa un cambio absoluto de mentalidad en la “filosofía contable”. Las NIIF constituyen normas de información financiera de alta calidad, orientadas al inversor, más que a rendir cuentas al propietario, flexibles y con opciones diversas en su aplicación. Representan principios, más que normas de detalle, reglas generales más que un recetario guiado. Su fin último es lograr aumentar la transparencia, la calidad y cantidad de información, y, en definitiva, constituirse como herramienta básica para la toma de decisiones empresariales, mediante la interpretación de los estados financieros, la predicción de resultados y la evaluación de los órganos de dirección. Se ofrece mayor información, que además se presenta analizada, y se aportan nuevos estados contables, tales como el Estado de cambios en el patrimonio neto y el Estado de flujos de tesorería.

Nos vamos a detener en tres aspectos de las NIIF, que, a nuestro juicio, van a suponer un mayor cambio respecto a la situación actual.

En primer lugar, debe indicarse la diferente concepción de lo hasta ahora considerado activo, pasivo o resultado en la presentación de información contable. Las NIIF están construídas desde la premisa de definir inicialmente qué son activos y pasivos, y desde ahí, considerar ingresos los incrementos de activo o reducciones de pasivo, y los gastos como disminuciones de activo o aumentos de pasivo. Este principio, que en apariencia es elemental, en absoluto lo es. Bajo filosofía NIIF, los activos deben ser capaces de generar ingresos en el futuro, por tanto no serán activos partidas así consideradas en nuestra tradición contable como las “acciones propias” o los “gastos diferidos”. Los pasivos deben constituir obligaciones causadas y reales, lo que supondrá la desaparición de determinadas provisiones “clásicas”. Respecto a los resultados, se produce un cambio total de filosofía. A diferencia de lo que actualmente existe, los resultados, en base a normas internacionales, pueden estar o no realizados, y ello es debido fundamentalmente al uso potestativo del llamado “valor razonable”, frente a la tradicional aplicación del coste histórico.

Esta cuestión enlaza con el segundo aspecto que queríamos resaltar. El uso del valor razonable presenta la indudable ventaja de mostrar con mayor precisión la imagen fiel de una empresa. Sin embargo, la ausencia de mercados en muchos tipos de activos, y la carencia de pronunciamientos y normas técnicas, pueden complicar en gran medida su uso en la práctica. Además, se colocará al formulador de las cuentas (administrador) y a su revisor (auditor) en situaciones difíciles al tener que pronunciarse, no sólo sobre la posible revalorización sobre el coste de un activo, sino sobre su minusvalía, en caso de ser el valor razonable inferior al coste de adquisición (“test impairment”).

En tercer lugar, la capacidad que otorgan las NIIF de uso de diferentes opciones para el registro de una operación, puede resultar muy peligrosa. Esta disparidad de criterios puede llevar, por un lado, al incumplimiento de uno de los objetivos fundamentales perseguidos que es la comparabilidad de estados financieros. Por otro, puede suponer un mayor desarrollo de la llamada “contabilidad creativa”, que más que “creativa” deberíamos denominar “destructiva”, ya que está relacionada con la trampa y el engaño, y lo que ocasiona es una destrucción y deterioro de la confianza en los administradores y dirigentes de las empresas y en los auditores que la respaldan. Sin embargo, también es cierto que la implementación de las NIIF puede representar, en otro sentido, un elemento de control de este manejo inapropiado de la información financiera. En las nuevas normas contables prevalece el fondo sobre la forma y, por tanto, evitan aquellas prácticas que, cumpliendo la literalidad de un precepto o buscando lagunas legales, vulneren el espíritu, para así ofrecer una información tergiversada.

Desde un punto de vista práctico, el uso de un idioma contable común facilitará y simplificará el diseño de los sistemas de información de empresas que operan en diversos países, aunque es cierto que en el período transitorio pueden presentarse dificultades al deber regirse por dos sistemas: el internacional para normas consolidadas, y el de la legislación local para cuentas individuales, si el marco nacional no lo posibilita. El cambio no sólo afectará a la elaboración de estados financieros, también modificará otros aspectos de la gestión: control interno, procedimientos de cierre, sistemas de reporting, etc. Además, desde el punto de vista de legislación nacional, se exigen reformas, no sólo en materia contable, sino también en cuanto a normas mercantiles y tributarias.

En definitiva, se trata de un proyecto arriesgado, costoso y ambicioso, pero sin duda necesario y oportuno, que abre la que se ha llamado “nueva era de la transparencia”.

Por último, no debemos olvidar que las normas, su control y la penalización por su incumplimiento, nunca garantizan por sí mismas la fiabilidad y la veracidad. Siempre resulta imprescindible el comportamiento ético de los responsables de gestionar las empresas, y de los que elaboran y revisan la información económico-financiera que generan.

Mario Alonso Ayala
Presidente de AUREN

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